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Mensaje de Cuaresma 2012 de Mons. Oscar Sarlinga

Celebración del Miércoles de Cenizas
Campana, 22 de febrero de 2012

En la homilía el Obispo comenzó explicando por qué había tomado como ilustración de su mensaje la cruz de la Basílica de San Clemente, en Roma, y el sentido de poner un acanto o un cardo espino a los pies de la Cruz, como símbolo de la Pasión del Señor, y a la vez, por la emblemática flor del cardo (“el color violáceo más puro que se encuentra en la naturaleza”, dijo) un símbolo de la penitencia, la profundidad de la sabiduría de los sencillos, y de la prudencia proactiva. Luego trazó algunas líneas y exhortaciones fundamentales tomadas de su mensaje de Cuaresma, y citó en dos oportunidades al mensaje del Santo Padre Benedicto XVI, en particular respecto de las virtudes teologales y la corrección fraterna (ver mensaje completo más abajo).

El Obispo y los sacerdotes impusieron las cenizas a la concurrencia, que fue notable por ser un día miércoles, en una ciudad eminementemente laboral e industrial como Campana

Homilía de Mons. Oscar Sarlinga
En las iconografías antiguas o medievales se solía representar la Cruz de Cristo con un cardo espino o un acanto a sus pies (como en la Basílica de San Clemente, en Roma). El cardo es un símbolo del Génesis, significa sufrimiento y se lo representaba como un signo de la Pasión del Señor. Su flor, espléndida, es a la vez signo de sufrimiento y de salud, de reflorecimiento; signo heráldico, también, que denota el avenirse a asumir la Pasión y la corona de espinas. Es así la vida cristiana, unión a la Pasión de Cristo y a su Resurrección gloriosa, a su triunfo definitivo. Animada por el Espíritu Santo, la Iglesia nos ofrece la Cuaresma como oportunidad de un cambio profundo en nuestras vidas, como tiempo de conversión, si así no lo viéramos estaríamos considerando sólo un tiempo especial del calendario litúrgico. Más aún, contemplando el Misterio de la cruz, la Iglesia nos invita de verdad a «hacernos semejantes a Jesús en su muerte» (Cf Flp 3, 10) para compartir su Vida eterna.
Comenzamos con el rito penitencial de las cenizas, que nos hace pensar en lo caduco de nuestra vida. Nuestra mente, nuestro corazón, tan irrumpido como suele estar por invasiva profusión de imágenes, sonidos (o ruidos), voces, por una proyectividad puramente humana, y diríamos por tanta profanidad, provenientes del mundo circunstante, necesita de un “detenerse”, de un “silencio santo” que nos permita “ponernos en coloquio, en sintonía” con nuestro propio interior, un poco a modo de como se decía de San Benito: Secum vivebat. Y esto para ponernos más en coloquio con Dios. Las cenizas, rito simbólico, nos invitan a reconsiderar la caducidad de todo lo material, a dar tiempo para Dios y escucharlo, para volver a reconocer que «sus palabras no pasarán» (cf. Mc 13, 31), para entrar en la íntima comunión con Él, esa comunión que «nadie podrá quitarnos» (cf. Jn 16, 22).
Vivimos en una sociedad a la que no sólo le cuesta “escuchar” sino también “escucharse”, y en la cual puede no haber casi lugar para la dimensión espiritual y moral de la existencia humana. Por esto es importante que veamos en la Cuaresma un «tiempo propicio» (2 Cor. 6, 2), iniciado con el símbolo de “tristeza” de las cenizas, pero que ascensionalmente prosigue –mediante la vía estrecha de la penitencia- hasta la celebración de la Pascua. Es tiempo (“kairós”) de una ascesis, que nos haga profundizar en la fe, en la esperanza que no defrauda, en la caridad realmente vivida, que se trasunta en “dar la vida”, perdonar, en compartir, en dejar de lado las estructuras del “hombre viejo” del pecado, con sus destructivos internismos, sus rencores, odios, males infligidos a los hermanos, para “ascender” penitencialmente a un modo “nuevo” de vivir, en la medida en que el Señor nos hace “creaturas nuevas”. Él puede hacerlo, quiere hacerlo en nosotros; la ascesis penitencial nos ayudará a redescubrirlo. Una primera pregunta que tendríamos que formularnos es si estamos dispuestos de verdad a una “reforma” de nuestra vida.

I
PENITENCIA Y DISPOSICIÓN DE LOS TALENTOS COMO TESTIMONIO EVANGELIZADOR DESDE EL ESPÍRITU SANTO

No se nos escapa que somos cristianos en medio de un mundo de muchas desedificantes confusiones y contradicciones (no menores tantas veces entre nosotros mismos), por ello la Iglesia nos invita con el Apóstol Pablo a buscar –una vez más, en esta Cuaresma- lo que «fomente la paz y la mutua edificación» (Rm 14,19), a poner a este servicio nuestros “talentos” con generosidad para el bien de la Iglesia (cf. Lc 12,21b; 1 Tm 6,18).
Quizá sería bueno también reubicar espiritualmente el sentido de la “mutua edificación” en el contexto de su papel en la evangelización (porque la división, que es anti-testimonial, no hace sino alejar más a los alejados, impedir que los no cristianos se acerquen).
También en esto deberíamos reflexionar en Cuaresma en cómo poner nuestros “talentos” al servicio de la nueva evangelización (y en ver que no seamos causa de tropiezo para que otros también pongan de modo acorde sus propios talentos, porque podríamos tender a ver solamente los nuestros, o a sobrevalorarlos, o infravalorarlos). Se necesita el equilibro, el concierto y no el desacierto. La puesta al servicio de los talentos se dará concertadamente si dejamos lugar al Espíritu (eso es la “reforma interior”) al modo como cuando se abrieron las puertas del Cenáculo y los apóstoles se dirigieron a los habitantes y a los peregrinos venidos a Jerusalén con ocasión de la fiesta, para dar testimonio de Cristo por el poder del Espíritu Santo, y lo hicieron manifestando la “paz” y la “edificación” producidas por ese mismo Espíritu, dando así convirtiente “testimonio”, como les había anunciado Jesús: «El dará testimonio de mí. Pero también ustedes darán testimonio, porque están conmigo desde el principio» (Jn 15, 26 s).
Se trata pues de ver la dimensión no sólo personal sino eclesial de la paz y la edificación, puestas de relieve por el Concilio Vaticano II cuando concibe a la Iglesia como santificada indefinidamente, edificada en el Espíritu para que los fieles tengan acceso al Padre por medio de Cristo (cf. Ef 2, 18). Iglesia en la cual la fuente de agua viva salta hasta la vida eterna (cf. Jn 4, 14; 7, 38-39); Iglesia por quien el Padre vivifica a los hombres, muertos por el pecado, hasta que resucite sus cuerpos mortales en Cristo (cf. Rom 8, 10-11)»[1]. Con esta visión, ingresamos en Cristo, a la plena revelación de Dios como Amor (cf. 1 Jn 4, 7-10); abrazamos así la Cruz de Cristo, la «palabra de la Cruz» que manifiesta el poder salvífico de Dios (cf. 1 Co 1, 18), amor en su forma más raigal[2]. Ingresamos en una dinámica de reforma y de morir al pecado.
Para entrar en esta dinámica, no caben medias tintas; hemos de morir al pecado y a sus consecuencias. Morir para vivir. La cuaresma nos invita a ello, a esta reforma, como fractura y como surgiente de vida. Su sentido, en última instancia “quiere decir reforma, quiere decir expiación; reforma y expiación que suponen turbadas nuestras relaciones con Dios; suponen un desorden fatal entre nosotros y Dios; suponen esa fractura del anillo de conjunción de nuestra vida y su destino a la surgiente de la verdadera Vida, que es Dios (…) Esa fractura se llama pecado”[3]. En una reforma interior por la Gracia, el hombre muere al pecado, participa de la vida nueva en Jesucristo Resucitado y recibe el mismo espíritu de Dios que resucitó a Jesús de entre los muertos (cf. Rm 8, 11).
Así, la Cuaresma será una renovada ocasión para preguntarnos, ante la afirmación del Señor: “Yo soy la resurrección y la vida”… si realmente creemos esto (Cf Jn 11, 25-26), si lo creemos de verdad, porque hay enemigos al acecho. En primer lugar, el egoísmo, que nos desvía de la disposición a creer, y por consiguiente a compartir talentos “edificantes” y eclesiales (cf. Mt 25,25ss). Pero, lejos de estar condenados a la mediocridad en lo espiritual, podemos superar el egoísmo con la Gracia, podemos siempre aspirar a un «alto grado de la vida cristiana»[4]. Si no lo creyéramos, tampoco creeríamos, en el fondo, que la misericordia de Dios borra el pecado y permite vivir en la propia existencia «los mismos sentimientos que Cristo Jesús» (Flp 2, 5).
Para nosotros, clero, religiosos, religiosas, laicado, comunidad católica, en fin, es el momento de volver a poner con sinceridad nuestra esperanza en Jesús, junto con Marta, por ejemplo (cuyo testimonio de “profesión de fe” no me parece que haya sido tan meditado como lo merece, o por lo menos no conozco que lo sea): «Sí, Señor, yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que iba a venir al mundo»; es la “profesión de fe” de Marta: creer, para una reforma espiritual de nuestras vidas, aunque la “escena” de nuestra vida pueda ser dramática y nos llevara a pensar lo contrario.
¿En todo eso, para qué es necesaria la penitencia? (porque no podemos ocultar que a algunos les es antipática hasta la palabra, que no tiene “buena prensa” en el mundo de hoy). Sencillamente porque la necesitamos, porque la penitencia ingresa en la dinámica de la colaboración de nuestra libertad a la Gracia, como exhortaba el Bautista: «Hagan penitencia, y se acercará a ustedes el reino de los cielos» (Mt. 3, 2). Lo dijo el mismo Cristo (Cf. Mt. 4, 17); lo refiere el evangelista San Marcos: «El tiempo se ha cumplido, el reino de Dios está cerca, hagan penitencia y crean en el Evangelio» (Mc. 1, 15). La penitencia es necesaria para que profundicemos el discernimiento entre el bien y el mal (cf. Hb 4, 12), para fortalecer en nosotros la voluntad de seguir al Señor Jesús, el Salvador, como resulta de la teología que el Apóstol Pablo ilustró y propugnó, en términos clarísimos en la carta a los Romanos y en la carta a los Gálatas: Cristo es necesario, Cristo es suficiente.
En la penitencia, por último, hay también una razón de solidaridad, en la economía (“oikonomía”) de la salvación: el expiar por otros. Es más, es una de las formas superiores de la solidaridad. Esta forma de solidaridad dará un nuevo y más profundo sentido a nuestra solidaridad en el compartir (¡que cuesta enormemente en las comunidades nuestras!) en el saber interesarse por los otros (por ejemplo, en la catequesis, Caritas, en la promoción de las vocaciones todas, en las vocaciones sacerdotales y religiosas, en el apoyo al Seminario diocesano, en la extensión de las obras para la evangelización…). ¿O creíamos que “solidaridad” era un mero sentimiento pasajero?. Sé que lo vamos profundizando como comunidad diocesana.

II
VIDA DESPLEGADA EN LAS VIRTUDES TEOLOGALES

En verdad, aunque en modo ínfimo, pero análogo al de Jesús, que no por Sí sino por nosotros sufrió la muerte en Cruz, también nosotros, unidos a Él, podemos expiar por los demás (como “in solidum”), y hacerlo en el espíritu en que lo reclama San Pablo cuando escribe a los colosenses: «Yo cumplo en mi carne lo que falta a los sufrimientos de Cristo» (Col. 1, 24).
Podríamos pensar que eso no es justo, que cada uno haga penitencia por sí mismo, que cada uno se ocupe de su propio bien y de su propia espiritualidad (concepto del cual emerge cierta deriva al intimismo). Sin embargo, la Justicia, con mayúscula, es plenitud de su clásica definición, “dar a cada uno lo que le corresponde” (“dare cuique suum”), porque lo que tengo que dar a mi hermano no es sólo lo que se puede garantizar por ley, sino, conforme a una ley divina (por eso me referí a “Justicia” con mayúscula), el darle algo más íntimo y gratuito; es comunicarle, en nuestra medida, ese Amor “(…) que sólo Dios, que lo ha creado a su imagen y semejanza, puede comunicarle”[5]. Amor que conlleva a compartir, a la promoción humana integral, a la construcción de la civilización del amor, pero que siempre necesita a Dios, como observaba san Agustín[6].
Acecha el desánimo, muy a menudo. El orgullo, curiosamente, puede llevarnos, más que a “levantarnos”, a caducar. El remedio lo dan las virtudes teologales. Lo correcto es levantarnos en el Señor, a estímulo para vivir en el Amor. Nuestra existencia debe conquistar títulos no vanos y caducos, sino títulos que aseguren vida eterna, dejando, de una vez por todas, el regusto de poner y reponer el corazón en la “búsqueda pecaminosa”, como si ésta fuese un bien (¡ni que hablar si la consideráramos para nosotros un bien de entre los “supremos”!). Creo que en el fondo hay cierto nihilismo en la búsqueda y rebúsqueda de los pseudo-consuelos de una vida pecaminosa consentida, quebrantemos esa espiral de daño con la fe, la esperanza y la caridad.
Es preciso tomar conciencia. Para sanar esto nos hace falta una sana experiencia de humillación, o, para decirlo con palabras de un Papa del siglo XX: “(…) una meditación muy severa y realista sobre el nihilismo de la vida temporal (…) una sacudida psicológica y moral de gran eficacia; que no nos disguste de hacer de ella la sincera, humillante, pero benéfica experiencia”[7] .
Estar atentos: el Santo Padre Benedicto XVI nos invita en su Carta de Cuaresma a meditar en la Carta a los Hebreos: «Fijémonos los unos en los otros para estímulo de la caridad y las buenas obras» (10,24) y a procurar que demos fruto en acoger a Cristo en una vida que se despliega según las tres virtudes teologales, a saber: acercarse al Señor «con corazón sincero y llenos de fe» (v. 22), de mantenernos firmes «en la esperanza que profesamos» (v. 23), con una atención constante para realizar junto con los hermanos «la caridad y las buenas obras» (v. 24)[8]. En la moral de las bienaventuranzas, esta es una espléndida invitación que nos hace el Papa, como en toda su fina y teológica enseñanza, con un sentido pastoral.

III
RESPONSABILIDAD PARA CON EL HERMANO Y CORRESPONSABILIDAD

En su Carta de Cuaresma el Papa Benedicto XVI toca un tema fundamental, diría profético para nuestros tiempos y nuestras personas, afectadas de individualismo (incluso en lo espiritual) y por ende más bien inclinados a la “a-responsabilidad”. Quiero expresar, no sólo a la irresponsabilidad, a la “a-responsabilidad”, esto es, al embotamiento –a veces casi total- del sentido de ser responsable “del otro” y “corresponsable con él”. El Papa, con finísima intuición, nos propone fijarnos en la responsabilidad que tenemos para con los hermanos, en la atención “al otro”, que conlleva desear el bien para él o para ella, en todos los aspectos: físico, moral y espiritual. Porque de lo contrario no estaremos “edificando”, o a lo sumo, edificaremos sobre arena. Cuaresma es también propicia, entonces, para repreguntarnos: ¿Estamos atentos al bien del hermano, de la hermana?. Muchas veces sí (hay muchas personas entregadas y sacrificadas). Tantas veces no, como si cada uno tuviera que cuidarse por sí mismo, como si fuera ineluctable que el mal se da, y que a nosotros no tuviera que interesarnos tanto cuando ocurre a los demás… Por supuesto que cada uno hace uso de su libertad, pero existe una corresponsabilidad en cuidarnos para vivir en el bien, por eso dice el Papa, “(…) es necesario reafirmar con fuerza que el bien existe y vence, porque Dios es «bueno y hace el bien» (Sal 119,68)”.
Estar atentos, «fijarse» en el hermano, abarca la solicitud por su bien espiritual (y por todos los bienes que lo espiritual conlleva, también los materiales). Y notamos aquí otra acertadísima llamada de atención de Benedicto XVI: recordar un aspecto de la vida cristiana tantas veces caído en el olvido: la corrección fraterna con vistas a la salvación eterna, que tiene como base ocuparse los unos de los otros (“estar atentos”, como María) con el don de la reciprocidad[9].
La irreciprocidad acarrea muchos males. Me parece ver aquí que, por la falta de la corrección fraterna, creo, abundan formas de ser signadas por generar corazones lastimados por el odio y la envidia: el hablar mal (incluso con fijación psicológica), el difamar o injuriar (no pocas veces con el infame anonimato de medios públicos anónimos) el sugerir cosas malas de los otros en privado, en grupo o en los medios de comunicación, el poner en desprecio lo que los otros piensan u obran, el favorecer sólo los “intereses de clan”, relegando a los que no son de los círculos determinados por quienes se creen con el poder de determinarlos. Pero, como toda consecuencia de pecado, esto no queda ni pacífico ni impune. Antes bien, puede crearse por esa causa una espiral de sospecha, rencor y deseos reivindicacionistas.
Por eso, un fruto espiritual muy grande, una gracia que podemos pedir, es tomar conciencia de lo siguiente: ¡Cuántos bienes, cuánta purificación, vendrían de una repristinación de la corrección fraterna, humilde, auténtica, con amorosa “parrhesía”, en todos los ámbitos de la Iglesia, y en la sociedad misma!. La tentación perenne de la autoreferente fama, el “subir” a costa de los demás, el no tener escrúpulo a la hora de mentir para conseguir un provecho, son otras tantas aborrecibles formas de “acumular riquezas en este mundo” y se hacen merecedoras también de la bíblica advertencia al rico automplaciente y seguro de sus propias riquezas, a quien Dios dijo: “¡Necio! Esta misma noche te reclamarán el alma”» (Lc 12, 19-20). Abrir el alma, sincerarnos, ocuparnos en nuestras posibilidades de atender a las necesidades de todos, “abrir el juego” en un justo sentido, serán formas consecuenciales de mostrar al mundo que nuestro proclamado amor a Dios se trasunta en amor al prójimo (cf. Mc 12, 31) y así se manifiesta auténtico.
Por supuesto, para la consecución de todo esto en nada valdrá lo que podríamos llamar un “semi-pelagianismo heroico”, sino la apertura valiente a la Gracia (hasta que duela, esa reforma) y la colaboración de nuestra libertad. En el inicio de esta Cuaresma el Señor nos clama, nos interpela, como al “ciego” que le rogaba curación: “¿Tú crees en el Hijo del hombre?». «Creo, Señor» (Jn 9, 35.38), le afirma con alegría el ciego de nacimiento. Creemos, Señor, que nuestra naturaleza no está destruida por el pecado sino herida, que Tú puedes sanarnos, que Tú puedes consumar en nosotros la obra que el Padre te encomendó realizar sobre la tierra (cf. Jn 17, 4).
Y ponemos este clamor en manos de la Santísima Virgen María, Madre de Dios, Madre de la Iglesia, Madre de la Divina Gracia, Intercesora, Abogada, Esposa del Espíritu Santo.

+Oscar Sarlinga
Miércoles de Ceniza, 22 de febrero de 2012

—-
[1] Cf CONC. ECUM. VAT. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 4.
[2] Cf BENEDICTO XVI, Enc. Deus caritas est, n. 12.
[3] PAULO VI, Homilía del Santo Padre en el Sacro Rito de las Cenizas en la Basílica Vaticana, Miércoles 16 de febrero de 1972.
[4] Cf JUAN PABLO II, Carta ap. Novo milenio ineunte [6 de enero de 2001], n. 31, citado en BENEDICTO XVI, Mensaje del Santo Padre para la Cuaresma 2012, “Fijémonos los unos en los otros para estímulo de la caridad y las buenas obras” (Hb 10, 24) Vaticano, 3 de noviembre de 2011.
[5] BENEDICTO XVI, Mensaje del Santo Padre para la cuaresma 2010, Ciudad del Vaticano, 30 de octubre de 2009, “La justicia de Dios se ha manifestado por la fe en Jesucristo” (cf. Rm 3,21-22)
[6] Si “la justicia es la virtud que distribuye a cada uno lo suyo… no es justicia humana la que aparta al hombre del verdadero Dios” (SAN AGUSTÍN, De Civitate Dei, XIX, 21).
[7] PAULO VI, Homilía del Santo Padre en el Sacro Rito de las Cenizas en la Basílica Vaticana, Miércoles 16 de febrero de 1972.
[8] BENEDICTO XVI, Mensaje del Santo Padre para la Cuaresma 2012, «Fijémonos los unos en los otros para estímulo de la caridad y las buenas obras» (Hb 10, 24) Vaticano, 3 de noviembre de 2011
[9] Ibid.

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Centenares de fieles se congregaron en el Centro “Nuestra Señora de Lourdes” de Maquinista Savio para el día de la Virgen

11 de febrero

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El “Centro de Nuestra Señora de Lourdes”, en Maquinista Savio celebra con centenares de fieles y la presencia del Obispo
Centenares de fieles se congregaron en el barrio “Santa Brígida” de Maquinista Savio, dándose cita, como todos los años, el 11 de febrero por la tarde, en torno al centro “Nuestra Señora de Lourdes” de catequesis y caridad social. Al mismo tiempo que en emblemático aniversario del Seminario catequístico “María Inmaculada”, el centro “Nuestra Señora de Lourdes” ubicado en el barrio “Santa Brígida” de Maquinista Savio (en jurisdicción de Pilar, en el límite con Escobar, en una zona de pobreza estructural) celebró a su patrona, la Santísima Virgen, en dicha advocación, y lo ha hecho con la procesión, misa y ágape fraterno, con una gran participación popular. Dicho centro de promoción humana integral, constituido en asociación civil y cuyos fieles forman a la vez una asociación privada de fieles (la cual, como grupo de fieles aunados, cumplió 10 años, y que fuera “reconocida” canónicamente por Mons. Sarlinga en 2007) realiza una importante labor entre las familias del populoso barrio, con la dirección de la virgen consagrada Laurentina Bussano, ayudada por laicos y laicas de la región, que adhieren a esa obra de catequesis y de caridad social, entre los cuales el comedor para niños pobres y la asistencia de apoyo escolar para los mismos. También existe allí un “centro católico de piedad ecuménica” de oración por la unidad de la Iglesia, valiéndose de la intercesión de Santa Brígida, cuyo monolito marca el comienzo del barrio, al ingreso de la ruta que atraviesa Maquista Savio.
Como lo ha hecho todos los años desde su presencia en diócesis, Mons. Sarlinga acudió nuevamente el 11 de febrero por la tarde, participó de toda la procesión y celebró la Santa Misa. Lo acompañaron Mons. Edgardo Galuppo, vicario general, el P. Nestor Villa, el P. Agustín Arévalo, el P. José de Estrada y los diáconos Carlos Bertone, Carlos Heredia y Oscar Cabrera. La asociación Scout católica estuvo presente en la organización de todo el evento.
La procesión siguió las principales calles del barrio, la mayoría sin asfalto, en medio de una realidad de pobreza a la que los vecinos tratan de paliar con esfuerzo y solidaridad. El Obispo, los sacerdotes y los diáconos iban detrás de la cruz procesional y el carrito que portaba la imagen de la Virgen en su advocación de Nuestra Señora de Lourdes, seguidos por centenares de fieles. La misa tuvo lugar a las 18.30 en el “campito” aledaño al centro catequético y promocional.   Al término de la celebración se tuvo con las familias (de entre las cuales numerosos son los niños) en un ágape fraterno.

En una próxima entrega ofreceremos el texto completo de la homilía de nuestro Obispo.

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Presentación del Señor y Candelaria en Zárate-Campana

La “nueva familia” de Jesús no quiere “muros de enemistad” sino “el luminoso reencuentro” entre los hermanos.

CELEBRACIÓN DE LA PRESENTACIÓN DEL SEÑOR EN LA IGLESIA CO-CATEDRAL DE BELÉN DE ESCOBAR

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Ésta fue una de las líneas de fuerza de la homilía de Mons. Oscar Sarlinga, Obispo de Zárate-Campana, en la misa de la Presentación del Señor, en la iglesia co-catedral de la Natividad, en Belén de Escobar, el 2 de febrero a las 20. En medio de una lluvia torrencial que arreció sobre la zona Norte, y en especial de Norte a Sur, desde Zárate, Campana hacia Escobar, numerosos fieles católicos se hicieron presentes para participar de la eucaristía, que comenzó con la bendición de los cirios en la capilla de la Virgen, imagen de la Candelaria, al ingreso del templo. Concelebraron el cura párroco, Pbro. Daniel Bevilacqua, el Pbro. Alfredo Antonelli y el Pbro. Mauricio Aracena. Uno de los diáconos permanentes de ordenación más reciente, Giner Santacreu, junto a numerosos acólitos, asistieron a la ceremonia, y asimismo religiosas (entre las cuales las Hnas. de Mater Dei, de Ing. Maschwitz) y vírgenes consagradas, que celebraron la jornada de la vida consagrada en ese día, como fue instituido por el Beato Juan Pablo II desde 1997.  El coro, muy bien provisto, estaba formado por una treintena de jóvenes de grupo de oración y misionero, quienes concurrieron a honrar la Presentación de Jesús al templo y a venerar a María.

En la homilía Mons. Sarlinga pidió que hiciéramos nuestras, en nuestro interior, las luminarias en el Templo de Jerusalén, e invitó a a abrir el corazón para recibir las gracias del Señor, en la celebración del luminoso testimonio y de la profecía que es la Candelaria, fiesta de Cristo, “Luz de Luz”, y de María, Madre de la “nueva familia” que es la Iglesia, conforme a las palabras del Divino Maestro: “Éstos son mi hermano, hermana, y madre” (Cf. Mc 3,35). Señaló luego que en el misterio de la unidad, la “nueva familia” de Jesús no quiere “muros de enemistad” ( citó allí a San Pablo en  Ef 2, 14)  y agregó que el Señor quiere “el luminoso reencuentro”, con el don del perdón y la reconciliación, entre los hermanos. Es la razón del antiquísimo nombre de esta festividad, celebrada por la Iglesia desde sus primeros tiempos : “Ypapantè”, sencillamente “encuentro”, que significa en lengua griega).

A continuación, basándose en Cristo, “Luz de Luz” y el mismo Jesús como “Niño-Encuentro”, en esa “Fiesta de las luces”, como la llamó (citando a Lc 2,30-32) dijo que ello fue “causa de caída y de elevación para muchos”,  pues ese “encuentro” hizo que a María una espada le atravesara el corazón, y que se manifesatan a lo largo de la historia  “claramente los pensamientos íntimos de muchos” (Cf Lc 2, 22-40..)

A continuación se refirió a la vida consagrada, “centinela que vislumbra la vida nueva”, como la llamó Benedicto XVI y mencionó que desde el año 1997 el Bienaventurado Papa Juan Pablo II dispuso que el 2 de febrero, festividad de la Presentación del Señor en el templo, fuera dedicado en la Iglesia a dar gracias por el don de la vida consagrada. Agregó que el ser “centinela” tiene que ver con el profetismo y el anuncio, propio de todo cristiano, pero que en el consagrado y la consagrada han de brillar de modo especial por la profesión de los consejos evangélicos.

Prosiguió el Obispo trayendo a colación que la escena de la Presentación del Señor en el Templo de Jerusalén manifiesta, tal como la epifanía, la ampliación de las consecuencias que para la salvación significan la Navidad y el “reencuentro y reconciliación” de los seres humanos con Dios, y entre sí, en la amistad cristiana, que incluye y genera la amistad social. Es, en cierto sentido, -señaló-  lo que afirma el apóstol Pablo en un bellísimo texto de la carta a los Efesios, donde dice que Cristo abatió el muro de separación, esto es, la enemistad (Cf Ef 2, 14) y exhortó al respecto a mirar  en nuestras comunidades y ver qué bien vendría al corazón el clamar lo siguiente: basta de compartimentos tabicados, estancos entre los cristianos, basta de enemistad, ya no más “espíritu clánico”, basta de frustraciones profundas, de rencillas y odios interminables, de envidia y de venganzas, éstas últimas a veces so pretexto de restablecer justicia; basta de las consecuencias divisorias generadas por el pecado. La justicia es necesaria, dijo, no la venganza; la justicia es sublime, y la misericordia del Señor es grande.

Señaló luego que ayudará a abatir estos remanentes “muros” una “Candelaria vivida”, con su luz ponderosa y humilde, dijo, a la par que afirmó que dicha Candelaria constituirá una ocasión preciosa para redespertar en nosotros la voluntad del bien, y de crecer como una familia humana, y una familia ecclesial, edificada sobre la paz, una comunidad que no camine en la obscuridad (sea ésta de índole espiritual, psicológica, moral o social) sino que camine en la luz de la vida y de la alegría espiritual pues todos los cristianos necesitamos renovar el reemprender nuestra “Via lucis”, nuestro testimonial “Camino de luz pascual” y esto en las circunstancias de nuestra vida diaria y concreta.

Concluyó exhortando a promover siempre más la festividad de la Presentación del Señor en el Pueblo de Dios, y el sentido simbólico de la “Candelaria”, tanto en la liturgia como en la pastoral, y citó, para animar a los pastores a hacerlo, un párrafo de la exhortación “Marialis cultus” del Papa Pablo VI, dada, precisamente, el 2 de febrero, en esta festividad, en el año 1974, a saber: “También la fiesta del 2 de febrero, a la que se ha restituido la denominación de la Presentación del Señor, debe ser considerada para poder asimilar plenamente su amplísimo contenido, como memoria conjunta del Hijo y de la Madre (…) celebración de un misterio realizado por Cristo, al cual
la Virgen estuvo íntimamente unida como Madre del Siervo doliente de Yahvé (…) como modelo del nuevo Pueblo de Dios, constantemente probado en la fe y en la esperanza del sufrimiento y por la persecución (cf. Lc 2, 21-35)”.
En la iglesia catedral de Santa Florentina la misa de la Candelaria fue celebrada a las 20 y presidida por Mons. Edgardo Galuppo, vicario general.

Homilía de Mons. Oscar Sarlinga en la iglesia co-catedral de la Natividad del Señor, en Belén de Escobar

2 de febrero de 2012

Queridos hermanos y hermanas:
En esta festividad de las luminarias en el Templo por la Presentación del Señor, los invito a abrir el corazón para recibamos las gracias del Señor, en esta celebración del luminoso testimonio y de la profecía, en la fiesta de Cristo, “Luz de Luz”, y de María, Madre de la “nueva familia” que es la Iglesia.
Valgan hoy para nosotros de modo particular las palabras del Divino Maestro: “Éstos son mi hermano, hermana, y madre” (Cf. Mc 3,35), es decir, aquellos que escuchan la Palabra de Dios y la practican, esto, es, su Madre es por excelencia, la Mujer de la escucha de la Palabra, la Madre de Dios, la Virgen, y sus hermanos todos y todas quienes abren el corazón a la Palabra y a la misericordia divinas. Por eso esta festividad de las luminarias es invitación a la humildad y a la renuncia, a ejemplo de Aquél que, siendo “Luz de Luz”, se despojó para salvarnos; es invitación a ser en verdad miembros, y sentirnos parte de la “nueva familia” de Jesucristo, con actitud de testimonio y profecía.
Sea ésta también ocasión para que penetremos en el misterio de la unidad en Cristo: la “nueva familia” de Jesús no quiere “muros de enemistad” (Cf Ef 2, 14) sino “el luminoso reencuentro”, con el don del perdón y la reconciliación, entre los hermanos. Es la razón del antiquísimo nombre de esta festividad, celebrada por la Iglesia desde sus primeros tiempos : “Ypapantè”, sencillamente “encuentro”, que significa en lengua griega).

I. Cristo, “Luz de Luz” y “Niño-Encuentro”
La presentación al Templo de Jesús (Cf Lc 2,22-39), todavía llamada en numerosos pueblos la “Candelaria”, puesto que este día se bendicen las “candelas” o “velas”, símbolo de Cristo “Luz de Luz”, posee un significado muy profundo. Se trata de recibir renovadamente la “luz para iluminar a las naciones”, esto es, al mismo Jesús, “Luz”. Así llamó al Niño el anciano Simeón, él mismo, viendo a Jesucristo, como transportado a la visión de una nueva luminaria del Templo, a una “Fiesta de las luces” (Cf Lc 2,30-32) por antonomasia.
Ese “Niño-Encuentro” fue “causa de caída y de elevación para muchos”, ese “encuentro” hizo que a María una espada le atravesara el corazón, ese “encuentro” Dios nos lo dio para que se manifiesten “claramente los pensamientos íntimos de muchos” (Cf Lc 2, 22-40) y para obrar la salvación.
“Encuentro” que se nos dio, por fin, para que pudiéramos experimentar en plenitud la misión maternal de la Virgen, Aquélla a quien el Pueblo de Dios puede dirigirse con filial confianza, “Aquella que está siempre dispuesta a acogerlo con afecto de madre y con eficaz ayuda de auxiliadora” . Este “encuentro” entre Dios y el ser humano es el gran don o regalo que hizo el Padre Dios a la Iglesia y al mundo con la Encarnación del Verbo, surgiente de vieda nueva, de modo que, como decía el Beato Juan Pablo II cuando nos encontrábamos en la preparación del Tercer Milenio: “Él, encarnándose en el seno de María hace veinte siglos, continúa ofreciéndose a la humanidad como manantial de vida divina” .

II. La vida consagrada, centinela que vislumbra la vida nueva
Desde el año 1997 el Bienaventurado Papa Juan Pablo II dispuso que el 2 de febrero, festividad de la Presentación del Señor en el templo, fuera dedicado en la Iglesia a dar gracias por el don de la vida consagrada. Todas las personas dedicadas a la vida consagrada, nos refirió Benedicto XVI, son “en el interior del pueblo de Dios, como centinelas que vislumbran y anuncian la vida nueva ya presente en la historia” .
El ser “centinela” tiene que ver con el profetismo y el anuncio, propio de todo cristiano, pero que en el consagrado y la consagrada han de brillar de modo especial por la profesión de los consejos evangélicos. En este día, los religiosos y religiosas de vida contemplativa se unen espiritualmente en sus Monasterios, los religiosos y religiosas de vida activa, con todos los creyentes en Cristo. Gracias a las religiosas que han venido; gracias al Monasterio de la Visitación, en Pilar, que se une a nuestra celebración; gracias a las vírgenes consagradas presentes hoy aquí en esta iglesia co-catedral; gracias a todos, a cada uno según su vocación y elección. Renovemos hoy nuestro compromiso de cumplir, todos nosotros, lo que en su momento el Papa Juan Pablo II encargó a religiosos y religiosas en el Jubileo del Año 2000, esto es, el asumir la “gran historia para construir” en el siglo XXI, misión que ya antes había encomendado a los consagrados y consagradas en la exhortación apostólica “ Vita Consecrata” . Seamos todos, “centinelas de la aurora”.

III. Luz poderosa y humilde que abate todo muro de separación y enemistad
La escena de la Presentación del Señor en el Templo de Jerusalén manifiesta, tal como la epifanía, la ampliación de las consecuencias que para la salvación significan la Navidad y el “reencuentro y reconciliación” de los seres humanos con Dios, y entre sí, en la amistad cristiana, que incluye y genera la amistad social.
Es, en cierto sentido, lo que afirma el apóstol Pablo en un bellísimo texto de la carta a los Efesios: “Cristo es nuestra paz, Él que ha hecho de los judíos y de los paganos una sola cosa, abatiendo el muro de separación que los dividía, esto es, la enemistad (Cf Ef 2, 14). Si miramos nuestras comunidades, y no menos en la Iglesia en tanto comunidad visible, nos vendría al corazón el clamar: basta de compartimentos tabicados, estancos entre los cristianos, basta de enemistad, ya no más “espíritu clánico”, basta de frustraciones profundas, de rencillas y odios interminables, de envidia y de venganzas, éstas últimas a veces so pretexto de restablecer justicia; basta de las consecuencias divisorias generadas por el pecado. La justicia es necesaria, no la venganza; la justicia es sublime, y la misericordia del Señor es grande.
Ayudará a abatir estos remanentes “muros” una “Candelaria vivida”, con su luz ponderosa y humilde. Más aún, constituirá una vez más una ocasión preciosa para redespertar en nosotros la voluntad del bien, y de crecer como una familia humana, y una familia ecclesial, edificada sobre la paz, una comunidad que no camine en la obscuridad (sea ésta de índole espiritual, psicológica, moral o social) sino que camine en la luz de la vida y de la alegría espiritual.
Jesús, que es Luz, nació en la obscuridad de la noche, y pese a ello iluminó al mundo, como dijo recientemente Benedicto XVI: “Él viene en la obscuridad de la noche y sin embargo su presencia es inmediatamente fuente de luz y de alegría (Cf Lc 2,9-10). En verdad, ¡el mundo es obscuro, allí donde no está iluminado por la luz divina!. En verdad, el mundo es obscuro, allí donde el hombre no reconoce más su propio vínculo con el Creador, y, de tal modo, pone en riesgo también su relación con las otras creaturas y con la creación misma” . Todos los cristianos necesitamos renovar el reemprender nuestra “Via lucis”, nuestro  testimonial “Camino de luz pascual” , y esto en las circunstancias de nuestra vida diaria y concreta.

Conclusión
Por último, siendo esta celebración es profundamente cristológica y a la vez mariana, pienso que debiéramos promoverla mucho más en su alcance litúrico-pastoral. Releamos los últimos capítulos de la constitución Lumen gentium del Concilio Vaticano II (por favor, hágamoslo, son más que iluminadores).
Para animarlos a hacerlo, y a riesgo de abundar un poco en la homilía, creo que es oportuno citar a este respecto unas palabras del Siervo de Dios el Papa Paulo VI, en la exhortación “Marialis cultus”: “(…) con relación a María, como fiesta de la nueva Eva, virgen fiel y obediente, que con su “fiat” generoso (cf. Lc 1, 38) se convirtió, por obra del Espíritu, en Madre de Dios y también en verdadera Madre de los vivientes, y se convirtió también (…) en verdadera Arca de la Alianza y verdadero Templo de Dios (…). También la fiesta del 2 de febrero, a la que se ha restituido la denominación de la Presentación del Señor, debe ser considerada para poder asimilar plenamente su amplísimo contenido, como memoria conjunta del Hijo y de la Madre (…) celebración de un misterio realizado por Cristo, al cual la Virgen estuvo íntimamente unida como Madre del Siervo doliente de Yahvé (…) como modelo del nuevo Pueblo de Dios, constantemente probado en la fe y en la esperanza del sufrimiento y por la persecución (cf. Lc 2, 21-35)” .
Que el Señor Jesús nos dé participar de esta celebración con el Poder de su Amor, que Él ponga nuestros corazones, nuestras familias, nuestras buenas intenciones y proyectos, al amparo de toda oscuridad y de toda tiniebla, con la ayuda de su Madre, y Madre nuestra.

+Oscar Sarlinga, Obispo de Zárate-Campana  
Belén de Escobar, 2 de febrero de 2012

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Notas.

01 Cf. CONC. ECUM. VAT. II, Const. Dogm. Sobre la Iglesia, Lumen Gentium, nn. 60-63; AAS 57 (1965), pp. 62-64.
02 JUAN PABLO II, Carta apostólica “Tertio Millenio adveniente” al episcopado, al clero y a los fieles como preparación del Jubileo del año 2000, Ciudad del Vaticano, 10 de noviembre del año 1994, n. 55.
03 BENEDICTO XVI, Homilía de la Misa con motivo de la fiesta de la Presentación de Jesús en el templo, día en que la Iglesia Católica celebra la Jornada de la vida consagrada, en San Pedro, el 2 de febrero de 2006.
04 Cf JUAN PABLO II, Exh. Apost. Postsinodal “Vita consecrata” del Santo Padre Juan Pablo II, el episcopado y al clero, a las órdenes y congregaciones religiosas, a las sociedades de vida apostólica, a los institutos seculares y a todos los fieles, sobre la vida consagrada y su misión en la Iglesia y en el mundo; dado en Roma junto a San Pedro, el 25 de marzo, solemnidad de la Anunciación del Señor, del año 1996; n. 110.
05 BENEDICTO XVI, Discurso al Cuerpo diplomático, lunes 9 de enero de 2012 (Discurso, pronunciado en francés, al Cuerpo diplomático acreditado ante la Santa Sede)
06 Cf JUAN PABLO II, Exh. Apost. Postsinodal “Vita consecrata”, op. cit., n. 40.
07 PAULO VI, Exh. Apost. “Marialis cultus”, para la recta ordenación y desarrollo del culto a la Santísima Virgen María, dado en Roma, junto a San Pedro, el día 2 de febrero, Fiesta de la Presentación del Señor, del año 1974; N. 7.

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Vivir en comunión en la Iglesia de Jesucristo y rasgos marcantes de la Pastoral en 2012

En la diócesis de Zárate-Campana, nuestro Plan ha querido poner de manifiesto cuánto necesitamos, como Iglesia particular, en unión con la Iglesia Universal, el vivir la «comunión» con ese “signo visible del encuentro con Dios” que es la Iglesia de Jesucristo. La comunión se expresa en el Amor divino por nosotros, y en nuestra unión con él, y en especial mediante la participación en los signos de Cristo, viviente y operante en la Iglesia, que son los sacramentos, y esto de tal modo hasta conseguir en su celebración una verdadera plenitud, dando a la evangelización toda su integridad culminante en la Eucaristía, en el culto y en la vida cristiana, en la gran vocación cristiana a la santidad y en las vocaciones específicas. Entre ellas, las vocaciones sacerdotales encontraron su lugar en el corazón de la naciente (1976) diócesis de Zárate-Campana, por solicitud de su primer Obispo, Mons. Alfredo Esposito Castro. Diversas vicisitudes hicieron que dicha experiencia tuviera un paréntesis entre 2001 y 2009.


Luego de la etapa formativa en Gualeguaychú (a cuyo Seminario también expresamos nuestro reconocimiento) de los seminaristas que allí fueron enviados por el segundo Obispo diocesano en 2001, a inicios del año 2009 Dios nos dio la gracia de re-abrir nuestro Seminario diocesano “San Pedro y San Pablo”, debido al aumento de las vocaciones sacerdotales y también por continuar con lo que en tiempos de Mons. Alfredo Esposito (fundador del Seminario como casa de formación sacerdotal) era el lugar de estudios: el Seminario ubicado en Campana estaba destinado a la formación sacerdotal, los seminaristas viajaban diariamente a Buenos Aires, a la Facultad de Teología sita en Villa Devoto.
Una vez reabierto el Seminario diocesano, como dijimos, en 2009, las circunstancias de tránsito y urbanización imposibilitaron que se pensara en viajar diariamente (y con horarios distintos). Por eso es la ocasión de agradecer al Card. Jorge Mario Bergoglio, quien, en conversación al respecto con nuestro Obispo Oscar sugirió que los seminaristas de Zárate-Campana pudieran habitar el ala del edificio que por entonces dejaban los seminaristas de la diócesis de San Nicolás, en el edificio “Cardenal Copello”, en Parque Chas, y así lo permitió. Allí funcionó hasta ahora nuestro Seminario, el cual, debido a la hasta ahora creciente respuesta vocacional, ya no es posible mantener en esa “ala” del edificio, y es por ello que desde meses atrás se ha emprendido la restauración del antiguo edificio del Seminario fundado por Mons. Esposito, ya no sólo con la formación sacerdotal, sino también con el área académica, con toda la “ratio studiorum” de la Iglesia, validada simultáneamente  a través de profesorados temáticos filosófico-teológicos. Parta el agradecimiento desde nuestro corazón a todos aquéllos que han puesto de su amor y sacrificio para esta gesta.
El 9 de mayo de 2009, como todos recordamos, hemos consagrado la diócesis al Sagrado Corazón de Jesús: acontecimiento marcante, pues significó para nosotros el re-inicio de los gestos de misión, la actitud de misionariedad y la dimensión misionera de la pastoral, desde la perspectiva de la “Misión continental”. Ya desde 2006 asumimos la misión y la comunión como los ejes fundamentales de nuestra pastoral. De todo ello, como lo dice nuestro Plan Pastoral, la Eucaristía es la plenitud. El mismo Señor dijo: “Yo soy el pan de la Vida” (Jn 6, 35). Y Eucaristía dice relación estrecha con caridad, vida cristiana efectivamente vivida, en lo personal y como Iglesia. Nuestro Papa Benedicto XVI, en «Sacramentum caritatis», hizo esa relación fundamental: “Deseo relacionar la presente exhortación con mi primera carta encíclica Deus caritas est”. Por esto, la «Sacramentum caritatis», iluminadora para nosotros y nuestro Plan pastoral, posee una huella unificadora de la visión de Benedicto XVI, una visión en la cual “la celebración eucarística aparece aquí con toda su fuerza como fuente y culmen de la existencia eclesial”.
Todo esto, por lo cual tenemos que dar gracias, es obra del Espíritu en todos nosotros, Espíritu de Unidad, que nos hace ver el Rostro de Cristo en la Iglesia y en cada uno de nuestros hermanos. “Comunión” implica cual lógica consecuencia la necesidad de deponer toda división y alejamiento de los unos con los otros. Es por ello que, como Iglesia particular de Zárate-Campana, partimos de la contemplación del Rostro de Jesús. Como nos lo expresara el Beato Papa Juan Pablo II, como legado para el Tercer Milenio: en “Novo Millenio ineunte”: “(…) la santidad es la perspectiva en la que debe situarse todo camino pastoral (…) la santidad de nuestras comunidades… es lo que ha de sostener, recrear y potenciar las actividades propias de la pastoral ordinaria”.
Es en el seno de la comunidad eclesial (y en la Iglesia particular se dan todas las notas de la Iglesia universal), donde el ser humano recorre su camino de conversión, de liberación del pecado y de crecimiento en la fe, hasta el encuentro con Jesucristo. El fortalecer en las parroquias y en las familias, en las asociaciones de fieles y movimientos laicales, la formación de los bautizados como discípulos misioneros de Jesucristo será fundamental para el cumplimiento de las líneas programáticas fundamentales,. Para esto contamos con la buena voluntad de todos los fieles, con algunas orientaciones programáticas, siempre en el sentido de alimentar la conciencia de la pertenencia eclesial y fortalecer el carácter misionero de nuestra vida apostólica, el cual nos ayudará a consolidar la organización pastoral de la diócesis y de las parroquias –precisamente en clave misionera- para impulsar la misión continental a la que nos llamó el Documento de Aparecida, y continuar trabajando la pastoral familiar para suscitar ciudadanos dispuestos a vivir su compromiso en la Iglesia y el mundo. Nuevas paroquias con sus instalaciones pastorales, pero sobre todo con toda una formación previa como “comunidad de comunidades”, nuevas capillas con su infrastructura, gestos de misión, en especial juveniles, un fortalecimiento de la caridad institucionalizada, nos han ayudado a renovarnos y fortalecernos como Iglesia y su Misterio.
Como es obvio, todo esto sólo es posible con la colaboración de todo el presbiterio, la ayuda de los diáconos, la riqueza de las comunidades consagradas con sus carismas, y la participación activa de todos los fieles laicos. De tal suerte, la Buena Noticia podrá incidir en la sociedad y en la cultura de este tiempo y de cada grupo humano. En el contexto de la Iglesia en la Argentina, el propósito del Plan coincide con Navega mar adentro, en cuanto actualización de las Líneas Pastorales para la Nueva Evangelización, el cual habrá de orientar una nueva etapa en la evangelización de la Argentina mediante una acción pastoral más orgánica, renovada y eficaz, procurando que todo miembro del Pueblo de Dios, toda comunidad cristiana, todo decanato, toda parroquia, asociación o movimiento, se inserten activamente en la pastoral orgánica de la diócesis.
Invitamos a los lectores a revisar el Plan Pastoral en la perspectiva que específicamente asume, es decir, dentro de la «Caridad Pastoral» de la Iglesia, y de cómo nos hacemos eco de todo lo que en nuestra diócesis ha venido realizándose, con sus alzas y sus bajas, pero siempre con el auxilio del Espíritu Santo, en el apartado llamado:
“El camino pastoral recorrido nos orienta y nos allana el camino por recorrer”

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